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EL TRAPICHE

EL PERIODISMO

Históricamente, los comunicadores de los acontecimientos han existido casi desde que la humanidad tuvo lo que llamaríamos un uso de razón o de comprensión. La función principal siempre ha sido dar cuenta, a la generalidad, de lo que ocurre tanto dentro de la sociedad como de aquellos hechos que le son directamente desconocidos.

Los inicios del periodismo, a ciencia cierta, no están muy determinados. Sin embargo, uno de los antecedentes históricos en México fue, naturalmente, El Hijo del Ahuizote o El Ahuizote, un ejercicio de periodismo opositor a Sebastián Lerdo de Tejada. Este medio se caracterizó por su crítica al régimen porfirista en su tiempo; denunciaba abusos de poder y los atropellos esenciales que resumían la sociedad de aquellos años, en torno al 1800.

La carrera del periodista ha sido históricamente perseguida por quienes ven afectada su impunidad o la impunidad de sus actos. En los años entre los 70 y los 80, era casi impensable que un periodista —o cualquier medio de comunicación— difundiera algún tipo de noticia o comunicado que fuera en contra de los intereses gubernamentales.

Sin embargo, con la evolución de la sociedad, hubo una necesaria evolución del periodismo y de la comunicación. Fueron abriéndose más frentes a través de periódicos, revistas, la radio y la televisión, lo que permitió a quienes sentían la vocación de la comunicación, realizar su labor.

No obstante, con esa evolución —aunque la comunicación fue más fluida— también permeó el acoso, la intimidación y el intento de control de la información hacia la sociedad. Porque, sin lugar a dudas, los medios de comunicación en la época moderna, en gran parte, han sido generadores de los movimientos sociales y revolucionarios del mundo. Esto, por consecuencia, denomina a los periodistas o comunicadores como personas que ejercen una actividad esencialmente peligrosa para quienes contravienen el interés general de la sociedad.

A pesar de esta evolución, también hemos podido dar cuenta de que han evolucionado las formas de contener esa información crítica —o como se le quiera llamar— por parte, esencialmente, de los gobiernos, que tienen un actuar muy contrario al interés colectivo.

Y aunque ahora, en esta modernidad y en estos tiempos, existen mecanismos de protección a periodistas —leyes estatales y federales que tienden a proteger a este tipo de personas—, en la realidad, se trata de letra muerta que difícilmente logra su propósito.

Tristemente, nos estamos acercando, en el estado de San Luis Potosí, a una lamentable forma de coartar la libertad de prensa o de expresión que ejercen las personas comunicadoras. Sería una larga lista —que crece día con día— si nombráramos a los periodistas o comunicadores que, desde hace unos seis años a la fecha, han sufrido desde privaciones de su libertad hasta la muerte.

Cuando hace unos años se conoció el caso de un reportero gráfico a quien se le grabó en video y posteriormente apareció sin vida, la sociedad potosina se consternó. Sin embargo, hoy vemos cómo han sido creados incontables medios informativos que, al amparo de la tecnología y la facilidad de comunicación, tienen como único objeto alabar a las figuras gubernamentales, difundir su actividad benigna y ocultar la realidad social y política del país y del estado de San Luis Potosí.

Con ello, se crea una oposición frontal y directa hacia los medios que, asumiendo su responsabilidad, se apegan a la ética, a la verdad y al interés general.

Cuando la opacidad y la mentira se vuelven insostenibles para quienes se ven expuestos, recurren —sin duda— al pago de servicios informativos a modo, al soborno y, en el peor de los casos, a la amenaza y al garrote.

En el último año, con las reformas estructurales constitucionales, hemos cruzado muy peligrosamente una línea: se han lesionado muchas libertades civiles que, lamentablemente, han sido gestadas desde el actual gobierno. Esto ha incrementado el nivel de peligrosidad para quienes ejercen la comunicación social.

El totalitarismo de las nuevas leyes aprobadas —que buscan controlar a la sociedad y restringir libertades—, sin duda, acrecienta el poder autoritario de los tres niveles de gobierno.

Palabras más, palabras menos: estamos ante una persecución de periodistas y comunicadores abierta, desmedida e imparable. No es casual, ni fortuita. Es directa, dirigida e implacable.

Ahora, corresponderá a la sociedad tomar conciencia, asumir su responsabilidad y comenzar a observar más de cerca los actos de gobierno.

Y solo basta con pensar:
Si esto hacen —vil y descaradamente— con quienes cumplen una función fundamental para la sociedad, ¿qué nos espera a los ciudadanos comunes y corrientes, que no tenemos los medios para difundir las agresiones de los gobiernos?