EL PODER
Por lic. Fernando Leal Beltrán
Bajo los principios técnicos y sociales, el poder es indivisible e incompartible. Es totalitario, es pleno y simplemente se ejerce de forma contundente por quien lo detenta. El elemento más común de quien lo ejerce es, precisamente, la concentración del poder, con todas las facultades y toma de decisiones sin contrapesos, aun cuando esto establezca un régimen autoritario.
En este mundo globalizado, la única división de poderes real que se conoce es la que ejercen los países en su independencia unos de otros. Sin embargo, en cada uno de ellos, la concentración del poder resulta casi siempre el común denominador. En este contexto, la integridad, indivisibilidad e interdependencia —así como la progresividad de los derechos humanos— se alejan cada día más del ejercicio del poder democrático que debería emanar del goce pleno de las atribuciones inherentes a los cargos públicos.
Esto impide una verdadera regulación entre facultades que permita evitar la invasión de un poder a otro. La invasión de competencias entre poderes u órganos de los gobiernos es cada día más común en el actuar de las clases políticas de los Estados, donde los pueblos, la sociedad y, en general, las comunidades quedan excluidos de la oportunidad de acceder a la organización política del poder.
Es decir, la sociedad en general se ve privada de la posibilidad de formar parte de quienes ejercerán el poder o tomarán las decisiones de un Estado o país. Esto que digo no es ajeno a la actual política que establece el sistema de gobierno mexicano. Hoy más que nunca, se advierte una concentración del poder que se ejerce a través de una aparente democracia disfrazada de justicia social y participación política.
Dicha participación queda normada y sectorizada en los partidos políticos, los cuales actúan bajo la persecución de sus propios intereses y no de los intereses generales de la sociedad. Hoy por hoy, la más excluida de la participación política es precisamente la sociedad civil, que es finalmente la que es gobernada y representa el 97% de los habitantes del país. Es decir, solo el 3% de la población ejerce el poder de gobernar sobre el resto y ocupa cargos públicos y de “representación social” bajo esquemas selectivos y no electivos. Estos esquemas garantizan la concentración del poder en unos cuantos, que obedecen a intereses muy determinados y pocas veces al interés general de la sociedad.
En México hemos vivido varios capítulos de renovación del poder en nuestra historia. En la época moderna tuvimos la oportunidad de experimentar un gobierno de alternancia al inicio de este milenio (PAN). Posteriormente, se dio la recuperación del poder político por parte del partido hegemónico histórico (PRI). En 2018, experimentamos otra alternancia hacia un partido que, en apariencia, surgía del pueblo y contaba con participación popular (Morena), lo cual era de esperarse como consecuencia de los cambios políticos iniciados desde el inicio del siglo.
Sin embargo, lo que comenzó como una aparente transformación democrática del país ha resultado ser la mentira más grande que se nos ha contado a todos los mexicanos. Estamos ante una evidente concentración del poder, como no se había visto desde los años sesenta. La sociedad dio oportunidad a este nuevo sistema de gobierno, el cual, lejos de aprovechar dicha oportunidad para impulsar el desarrollo pleno y la productividad a través de esquemas de desarrollo económico directos que permitieran la participación ciudadana en el crecimiento del país, optó por programas sociales.
Al menos la mitad de esos programas no buscan impulsar el desarrollo económico de las personas, sino establecer un paternalismo que les permita apenas cubrir sus necesidades mediante dádivas focalizadas, con un claro trasfondo electoral. A través de esto, se busca mantener el control totalitario del poder político y social en el país.
Pensar que quienes detentan el poder renunciarán a los privilegios que han obtenido a través de él sería como pensar que el mundo se acabaría hoy y renacería mañana, lo cual es materialmente imposible. Sin embargo, hoy la sociedad vive una realidad marcada por la falta de oportunidades de desarrollo económico, y se encuentra asediada por una recesión imparable, disfrazada por el propio gobierno, que se empeña en falsear la realidad social y económica del país.
Esto nos permite darnos cuenta, de manera sencilla, que el país no está caminando por la senda del progreso que tanto se argumenta. Por el contrario, lo que vemos es una consolidación del poder en unos cuantos y un distanciamiento cada vez mayor entre el gobierno y la sociedad a la que dice representar.
