EL ORÁCULO
por: Esteban Espinoza
Por años, el gobernador Ricardo Gallardo Cardona ha hecho de la confrontación su marca personal. Desde su llegada al poder, el mandatario ha descalificado, insultado y amenazado a todo aquel que no comulga con su forma de gobernar: exfuncionarios, periodistas, empresarios y ciudadanos críticos. Su discurso bravucón y su estrategia de linchamiento mediático —orquestada desde el mismo Palacio de Gobierno— se convirtieron en el sello de una administración que, más que gobernar, parece disfrutar de la pelea.
Pero esta vez, las redes sociales le dieron una sopa de su propio chocolate.
Los videos que lo vinculan —a él y a varios de sus funcionarios— con grupos criminales corrieron como pólvora digital. En cuestión de horas, el daño ya estaba hecho. La respuesta fue predecible: negar todo, culpar a la “inteligencia artificial” y desatar una cacería de supuestos enemigos. El gobernador, acostumbrado a usar el poder para golpear, se encontró, ahora sí, en el otro lado de la pantalla.
Como si eso no bastara, su actuación frente al desastre en la Huasteca potosina terminó por rebasarlo. Las redes sociales lo exhibieron una vez más, esta vez no con videos manipulados, sino con la voz genuina del pueblo. Ciudadanos denunciaron la entrega selectiva de apoyos a los damnificados, priorizando a quienes comulgan con el Partido Verde. En medio de la tragedia, la mezquindad política salió a flote.
Gallardo carga con un desgaste evidente. Su discurso de odio —difundido y aplaudido por sus comunicadores oficiales— ya no convence ni entretiene. Su retórica de “yo contra todos” perdió efecto frente a los problemas reales: hospitales sin medicamentos, escuelas sin mantenimiento, comunidades sin seguridad. Y cuando el pueblo está cansado, no hay propaganda que alcance.
El colmo fue la campaña orquestada desde Comunicación Social contra la presidenta estatal de Morena, Rita Ozalia Rodríguez Velázquez. Usaron una simple fotografía de un huasteco que, en medio de la desgracia, acudió con la única bolsa que tenía —una de campaña de Rita— para recoger víveres. Esa imagen, inocente y humana, fue manipulada para intentar golpear políticamente a quien consideran rival. El resultado fue vergonzoso.
Porque lo verdaderamente vil no fue la foto, sino la intención detrás de ella: usar el dolor de las familias damnificadas como munición política. Eso, más que una torpeza, fue un reflejo claro del nivel al que ha caído la comunicación del gobierno estatal.
Hoy, Ricardo Gallardo prueba su propia medicina. La misma estrategia de ataque, manipulación y desprestigio que tanto fomentó, ahora le da la vuelta. El monstruo que alimentó con odio y soberbia ha comenzado a devorarlo.
Si no logra controlar su temperamento —ni a la jauría que ladra por encargo—, el gobernador deberá prepararse para lo que viene. Porque lo peor está por venir, y cuando arranquen las campañas electorales, la guerra mediática que él mismo desató podría volverse en su contra.
Y entonces sí, nadie podrá decir que no se lo advirtieron: a Ricardo Gallardo, le dieron una sopa de su propio chocolate.
