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Llegó AMLO tarde a la presidencia

Los tiempos le hubieran ayudado más en el 2006, con ideas más firmes y una aplicación de gobierno amplia

CIUDAD DE MÉXICO).– Siempre me han atraído los ensayos de historia contrafactual. Se pueden abrir disquisiciones fascinantes: ¿qué habría sucedido si los girondinos hubieran ganado la revolución francesa, o los mencheviques la rusa?; ¿cómo habría sido el siglo XX mexicano si Porfirio Díaz no hubiera buscado su última reelección en 1910 y su sucesor hubiera sido Bernardo Reyes? Permítaseme, pues, hacer aquí una especulación sobre nuestro pasado reciente en torno a una pregunta: ¿qué habría ocurrido si Andrés Manuel López Obrador hubiera sido presidente del 2006 al 2012? Van mis conjeturas.
Para empezar, estoy seguro de que AMLO no habría emprendido la “guerra contra el narcotráfico” que declaró Felipe Calderón y que tanto daño le ha hecho a México (una estrategia que, dicho sea de paso, critiqué en su momento en varios de mis artículos). Ni cree en ella ni la habría necesitado para legitimarse.

Y es probable que la actual política de seguridad de AMLO, que a mi juicio es inadecuada para contrarrestar la violencia epidémica que nos desangra, habría dado mejores resultados en las condiciones de entonces.
Es lógico pensar que el antídoto de becas y programas sociales contra la cooptación de jóvenes y de familias enteras por parte del crimen organizado, que hoy parece tardío e insuficiente, habría sido más eficaz cuando la base social de la delincuencia no estaba aún tan extendida y enraizada.
De hecho, no es aventurado afirmar que una pacificación con un mínimo uso de la fuerza habría sido más viable antes que ahora. Por eso creo que en éste y otros sentidos AMLO llegó tarde a la Presidencia. Huelga explicar que, salvo un par de errores que cometió, la culpa no es suya: lo pararon a la mala.
He aquí lo más relevante
En términos anímicos, AMLO habría podido ser un mejor presidente entre 2006 y 2012. Habría ejercido el poder sin la acritud que hoy destila, incubada justamente en la guerra sucia de que fue víctima, en la turbiedad de un proceso electoral que en sus conferencias mañaneras evoca con enojo y repudia con razón. Su rencor es comprensible, pero el efecto que provoca socava su capacidad de gobernar para todos.
Al final de su periodo como jefe de gobierno del DF, cuyo saldo fue más que positivo, había logrado apaciguar su antiguo instinto de luchador. Meses después, sin embargo, tras de la contienda presidencial, experimentó una regresión temperamental que ahora propicia la polarización del país.
El revanchismo es mal consejero. Por ejemplo, a menudo da la impresión de que, si bien se investiga y enjuicia a corruptos, la lista de prioridades se elabora en función de afrentas o respaldos. Y tengo para mí que nada de esto habría sucedido, como no sucedió cuando fue titular del Ejecutivo en la capital, si hubiera asumido la Presidencia sin enconos.
(Cartas sobre la mesa: colaboré en su campaña de ese año y comparto su convicción de que debió haber sido presidente; deploro su recién adquirida obsesión de pelearse constantemente con el pasado mientras dice que quiere dar vuelta a la página y ver al futuro).