Por: Don Pericles.
Lo que pasó en Rioverde no fue una visita presidencial, fue una corrida política. Y no de toros. Fue más bien el espectáculo de un gallo desplumado en plena plaza pública, donde en vez de olés se escuchaban rechiflas y en lugar de palmas, los gritos de “¡Gobernadora, gobernadora!” eran como puñales para el ego de Ricardo “El Pollo” Gallardo.
Sí, así como lo leyó. El todopoderoso del verde, el virrey de la cuatroteísta tropicalización potosina, el magnánimo dispensador de pollos, bolos, tortas y conciertos de feria, fue abucheado en su propio corral. Y para colmo, por quienes alguna vez corearon su nombre en mítines de pachanga política. Lo que antes era un ritual de idolatría con sombrero y botas, esta vez se convirtió en una inquisición popular con pancartas de “¡Ya basta!” camufladas tras las selfies con la presidenta.
Sheinbaum, la cirujana política
Claudia Sheinbaum, con la frialdad de una física en quirófano y la sonrisa de quién ya sabe el final de la película, llegó con bisturí en mano y ejecutó un corte quirúrgico en el corazón del gallardismo. No necesitó decir mucho: solo bastó que mencionara el nombre prohibido—Rosa Icela Rodríguez—para que estallara la ovación.
¿Coincidencia? Por favor. Esto fue tan espontáneo como una licitación amañada en una administración municipal. Llevar a Rosa Icela a la tierra que la vio nacer no fue un gesto de afecto; fue un pase de estafeta en cadena nacional. La presidenta no vino a bendecir a Gallardo, vino a enterrarlo políticamente con honores de Estado… pero sin misa de cuerpo presente.
Del plan B… al plan “Bye”
Mientras la muchedumbre se entregaba a Rosa Icela como si se tratara de una aparición guadalupana, el “Pollo” se quedó sin cacarear. Enmudeció. Tal vez porque entendió, finalmente, que su “plan B”, su “proyecto de continuidad”—también conocida como su esposa—ya no tiene cabida ni en el menú de opciones del obradorismo tardío.
Sus mil millones de razones para quedarse en el poder, disfrazadas de inversión electoral, ahora huelen más a gasto de funeral político que a campaña de éxito. Y no es para menos: la escena fue digna de documental de Netflix, capítulo especial titulado “Cómo matar a un cacique sin tocarlo”.
El aplausómetro no miente
El pueblo habló. Y no precisamente en código. El silencio incómodo de Gallardo contrastó con las porras a Rosa Icela, que retumbaban como sentencia definitiva. Si esto fuera la WWE, ya le habrían contado los tres segundos y la lona estaría manchada de dignidad. Ni siquiera sus operadores pudieron maquillar el desastre: los videos se viralizaron antes de que el equipo de comunicación estatal alcanzara a editar el ángulo.
Incluso los más fieles, esos que antes aplaudían hasta sus chistes de secundaria, voltearon bandera. Algunos ya andan buscando acomodo en el nuevo barco morenista que se está armando en la Huasteca, con Rosa Icela al timón. Porque aquí no hay lealtades eternas, solo conveniencias con agenda.
Lecciones de una despedida sin mariachi
Gallardo soñó con convertirse en el nuevo gran elector del estado. Con controlar la gubernatura como si se tratara de una herencia familiar. Pero no calculó un pequeño detalle: para jugar con la 4T necesitas disciplina, no desplantes. Y menos si tus desplantes van acompañados de candidatos impresentables, escándalos de represión y una terquedad por montar tu propio virreinato, disfrazado de “proyecto social”.
La visita a Rioverde fue más que simbólica. Fue una advertencia disfrazada de gira. Un “aquí mando yo” presidencial sin necesidad de gritos ni sombrerazos. Sheinbaum no vino a diálogar; vino a dictar sentencia. Y lo hizo con la elegancia cruel de quien ya no necesita decir “ya no te quiero”, porque todo el pueblo se lo gritó por ella.
Epílogo: la última pluma
Gallardo puede seguir jugando a que no pasó nada, puede seguir organizando festivales de reguetón y entregando vales, pero los tiempos han cambiado. Y la política también. El gallinero ya no responde a su canto. Los morenistas lo toleraron mientras fue útil; hoy, lo desprecian en público sin temor. Y eso, en política, es el equivalente a una carta de divorcio firmada en cadena nacional.
Así que prepárense, porque si algo dejó claro Rioverde, es que el “Pollo” ya no vuela. Y lo que sigue… es el caldo.
