Por Esteban Espinoza / San Luis Potosí
Apenas inicia octubre y los campos, calles y altares de México se tiñen de un color anaranjado intenso. Es el cempasúchil, la flor que guía a los muertos de regreso a casa, la que inunda con su aroma los hogares y panteones, y que se convierte en símbolo de identidad en las celebraciones del Día de Muertos y el Xantolo en la Huasteca Potosina.
En San Luis Potosí, el cempasúchil tiene un significado profundo: en la región Huasteca, acompaña los altares del Xantolo, una de las expresiones culturales más vivas del país, donde las comunidades mezclan el ritual indígena y la devoción católica para honrar a sus difuntos. En los pueblos de San Martín Chalchicuatla, Tamazunchale, Axtla, Coxcatlán, Tampacán, Tanquián, San Vicente, Aquismón, Ciudad Valles y Matlapa, las calles se cubren de pétalos formando caminos que conducen a los altares familiares, mientras la música de tambor y violín marca el regreso de las almas.
El doctor Leonardo Beltrán Rodríguez, del Jardín Botánico de la UNAM, explica que la flor de cempasúchil fue domesticada hace siglos por las civilizaciones mesoamericanas, buscando intensificar su color y su aroma. “Su olor y su tono dorado servían como guía de luz para que los difuntos encontraran el camino de regreso al mundo de los vivos”, detalla el especialista.
Su nombre proviene del náhuatl cempohualli (veinte) y xóchitl (flor), es decir, “flor de veinte pétalos”, símbolo de plenitud y del ciclo de la vida y la muerte. Desde tiempos prehispánicos se ha utilizado en ofrendas, ceremonias y rituales dedicados a los muertos, práctica que pervive hasta nuestros días como parte del patrimonio cultural de México, reconocido por la UNESCO como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.
Aunque su uso más conocido es el ritual, el cempasúchil tiene también propiedades medicinales y aplicaciones industriales. Se utiliza como desinflamante estomacal, para aliviar dolores menstruales, y como antiséptico. Además, sus pigmentos naturales —ricos en carotenoides como la luteína y la zeaxantina— son aprovechados en la industria textil y avícola para dar color a telas, plumajes y yemas de huevo.
En San Luis Potosí, productores de municipios como, Soledad de Graciano Sánchez, Rioverde, Ciudad Fernández y la región Huasteca cultivan esta flor que cada año embellece los altares potosinos. Más allá del aspecto económico, su siembra representa una continuidad cultural: una cadena viva que une al campo con las tradiciones ancestrales.
Durante el Xantolo, la flor no solo adorna los altares; se convierte en un puente espiritual. Los caminos de pétalos marcan el trayecto por el que las ánimas regresan a sus hogares. En muchos pueblos huastecos, las familias se organizan para decorar tumbas, iglesias y plazas, mientras los danzantes y comparsas recuerdan que la muerte no es final, sino un reencuentro festivo.
En el resto del estado, desde la capital hasta el altiplano, el Día de Muertos también se celebra con altares llenos de color y significado. Pan, veladoras, incienso, fotografías y flores forman un mosaico que honra la memoria y reafirma la identidad potosina.
El cempasúchil no solo florece en los campos; florece en el alma de los mexicanos. En cada pétalo resuena la memoria de quienes se fueron, el trabajo de los campesinos que lo cultivan y la fe de quienes lo colocan en sus altares.
Así, entre música, rezos y caminos dorados, San Luis Potosí celebra la vida a través de la muerte, manteniendo viva una tradición que trasciende el tiempo: la del cempasúchil, la flor que nunca deja de florecer.



