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EL TRAPICHE

¿INFORME? espectáculo de egolatría y despilfarro, una farsa en la “Arena de la Vanidad”,

Hace muchos años, el legislador estableció en la Constitución General de la República y en la particular del Estado, la obligación de que todos aquellos que gobiernen rindan un informe anual ante el Poder Legislativo y el pueblo en general. El objetivo es documentar, de forma pormenorizada y comprensible, la situación real de la administración pública que les fue encomendada, en todos sus ámbitos.

Esta obligación no fue instituida para establecer un culto a la personalidad, ni como una parafernalia destinada a exaltar el ego del gobernante en turno. Quienes ya contamos con varios años vividos, recordamos cómo, históricamente, se llevaban a cabo estos informes: con solemnidad, respeto y sentido de responsabilidad ante el pueblo. Se iniciaban con el respeto debido a los símbolos patrios —ya fuera el escudo de armas o la bandera—, y se desarrollaban con el objetivo central de rendir cuentas, no de recibir aplausos.

Si retrocedemos en la historia de San Luis Potosí, recordamos cómo, durante muchos años, estos informes se realizaban en recintos como el Teatro de la Paz, el Auditorio Miguel Barragán y otros escenarios similares. En ellos, el gobernador en turno detallaba lo más posible las actividades realizadas durante el año de gobierno. Eran exposiciones que duraban entre 45 minutos y una hora y media, y venían acompañadas, incluso, de anexos técnicos impresos que documentaban con precisión la información compartida.

Aún podemos evocar los informes claros y precisos de Guillermo Fonseca Álvarez, Carlos Jonguitud Barrios, Horacio Sánchez Unzueta, Fernando Silva Nieto, Marcelo de los Santos Fraga, el impresentable Toranzo y el insípido y cuestionado Juan Manuel Carreras. A estos últimos —muchas veces señalados como “la herencia maldita”—, se les podrá reprochar mucho, pero al menos tuvieron la decencia de presentarse una vez al año ante el pueblo potosino, asumiendo el riesgo de ser juzgados y criticados.

En contraste, el actual gobernador —nuestro empleado— Ricardo Gallardo Cardona, convirtió esta obligación legal en un espectáculo de egolatría y despilfarro. Lo que debía ser un acto republicano de rendición de cuentas, terminó siendo una pasarela de artistas y un desfile de súbditos acarreados, dispuestos a escuchar un mensaje más celestial que terrenal, de apenas nueve minutos, carente de contenido real y centrado en la autoalabanza y la ostentación.

Lo verdaderamente lamentable no es solo el fondo, sino la forma. Este gobernador no cumplió con la responsabilidad institucional de informar de manera detallada sobre el estado que guarda la administración pública. En lugar de eso, organizó un acto cargado de narcisismo, más propio de Las Vegas que de una democracia seria, donde brillaron los reflectores y no la transparencia.

Y lo peor: ha tenido la osadía de autoproclamarse “el salvador de los potosinos” frente a la llamada “herencia maldita”, refiriéndose a sus antecesores. Es cierto que esos gobiernos no fueron perfectos, pero también es cierto que, a su manera, enfrentaron las necesidades del Estado con mayor dignidad y respeto institucional del que hoy presenciamos.

Desde su llegada, Gallardo Cardona ha operado con la espada desenvainada: ha despedido a cientos de trabajadores del gobierno, dejando a muchos en la necesidad y sin pensión, pese a años de servicio. Ha utilizado su poder para obstaculizar derechos laborales, y ha dejado en evidencia un quiebre financiero preocupante. Se ha denunciado la desaparición de recursos destinados a pensiones y prestaciones, mientras el Estado sobrevive gracias a préstamos quirografarios que le son aprobados por un Congreso sumiso.

El acto del pasado lunes, que debía haber sido un informe serio y completo, fue en realidad una farsa más. Un espectáculo diseñado para proyectar su figura, alimentar su vanidad y, lo más grave, allanar el camino para una sucesión familiar, buscando perpetuar su poder en San Luis Potosí.

Sí, es cierto que a la gorra nadie corre y que nadie fue obligado a asistir (salvo los acarreados, por supuesto). Fueron quienes quisieron codearse con “los iluminados” en busca de algo de esa luz prestada. Miles de personas fueron movilizadas humillantemente para llenar su “Arena de la Vanidad”, y, al terminar su escueto discurso, el gobernador se retiró a compartir el pan y el vino —pagados por todos los potosinos— con amigos, socios y cómplices.

Si esto no hace reaccionar al pueblo potosino, si no se da un manotazo en la mesa como corresponde a quienes aman su tierra, entonces prepárense: una deuda impagable por generaciones es lo que nos espera, todo para engrosar el bolsillo y el ego de un gobernador narcisista, ególatra y, para muchos, deleznable.

La historia lo juzgará. Pero más importante aún: los potosinos debemos demostrarle quién manda en este Estado, cuál es nuestro lugar, y cuál es el suyo.

Que tengan un excelente resto de semana.