“EL ORÁCULO”
Por: Esteban Espinoza
En San Luis Potosí ya ni disimulan. Aquí las campañas arrancan tres años antes, las bardas florecen más rápido que los baches y los espectaculares aparecen con una precisión suiza… pero el árbitro electoral sigue “analizando” si ve algo raro. Mientras en el país se discute el nepotismo, la austeridad y el abuso del poder, acá vivimos una especie de reality tropical donde el gobierno estatal decidió convertir el presupuesto público en agencia de publicidad personalizada.
La nueva joya del espectáculo la regaló Karen Castrejón, dirigente nacional del Partido Verde, quien en menos de 24 horas hizo una maroma política digna del Cirque du Soleil legislativo: primero dijo que estaban contra el nepotismo y luego aclaró que bueno… depende… porque si el pueblo vota entonces ya no es nepotismo, sino “amor democrático”. Una belleza conceptual. Algo así como decir que el influyentismo deja de ser corrupción si trae mucha música de banda y acarreados felices.
La pirueta no fue accidental. Fue un mensaje clarísimo: Ruth González Silva ya está en campaña. Y no en campaña discreta, no. En campaña abierta, descarada, monumental y además patrocinada por un estado completo que parece haber confundido la administración pública con una coordinadora electoral permanente.
Porque en San Luis Potosí ya no existe diferencia entre gobierno y partido. Todo está mezclado como licuado de feria: programas sociales, propaganda, giras, espectaculares, eventos, redes sociales, brigadas y una maquinaria de promoción que opera con la naturalidad con la que otros estados recogen basura. Aquí lo que se recoge son likes, credenciales y estructuras.
Lo más divertido —si es que todavía queda espacio para el humor— es que las autoridades electorales observan todo con la energía de un guardia dormido en turno nocturno. El Ceepac parece vivir atrapado en un eterno “vamos a revisar”. El INE documenta irregularidades, detecta inconsistencias, señala posibles vínculos entre programas sociales y estructuras partidistas… y al final todo termina en el equivalente burocrático de un “échale ganas”.
Ahí está el escándalo documentado sobre el Partido Verde y la famosa credencialización masiva. Primero reconocieron que buscaban enrolar a “beneficiarios de programas sociales”; luego dijeron que fue un “error humano”. El problema es que en el Verde el “error humano” ya parece estrategia institucional. Se les olvidan documentos, contratos, transferencias, comprobaciones, avisos, registros, listas, evidencias y hasta millones de pesos. Según sus propias respuestas al INE, prácticamente todo fue culpa de alguien que se equivocó al capturar datos. A este paso, un día van a justificar una elección completa diciendo que “se les movió accidentalmente el teclado”.
Y mientras todo eso ocurre, nadie pone orden; las autoridades electorales parecen no tener interes en frenar una promoción adelantada que ya rompió cualquier principio mínimo de equidad.
Porque seamos honestos: ¿qué ciudadano común puede competir contra un aparato gubernamental entero dedicado a posicionar una candidatura? ¿Quién puede enfrentar una estructura financiada desde el poder, con presencia diaria, cobertura institucional, recursos públicos disfrazados de “información” y promoción permanente?
En cualquier democracia seria esto sería un escándalo nacional. Aquí apenas alcanza para una conferencia de prensa y dos tibios posicionamientos.
San Luis Potosí se está convirtiendo en un laboratorio grotesco donde las reglas electorales son opcionales y donde la ley sirve más como decoración que como límite. La sucesión ya empezó, el dinero corre, la propaganda se multiplica y el árbitro sigue escondido debajo de la mesa esperando quizá que llegue 2027 para entonces sí, salir a decir que “iniciaran las investigaciones”.
Y mientras tanto, los ciudadanos observando el espectáculo con la amarga sensación de que la elección ya empezó… pero la democracia todavía no llega.
