Por: Don Pericles
San Luis Potosí es una ciudad rica en historia, en tradiciones, en cultura… y en moralidades. No una, ni dos, sino hasta tres si hace falta. Aquí, la congruencia es un bien escaso, casi extinto. Pero eso sí, el discurso, la pose y la foto para redes sociales, nunca faltan. Especialmente cuando se trata de los derechos de las personas con discapacidad. ¡Ah, qué hermoso es defender causas nobles mientras uno se acomoda bien en la silla de ruedas ajena!
Y para muestra, tenemos a nuestra heroína de ocasión: la abogada Cata Torres, quien aparece como una suerte de Juana de Arco en defensa de las personas con discapacidad… al menos cuando se trata de ampararse contra obras públicas que, casualmente, no ejecuta el alcalde con el que parece tener simpatía. Porque, claro, la moral aquí es como las luces de Navidad: se prende y se apaga según la temporada política.
Ahí está su participación —bueno, su nombre, porque de voz no hay mucho— en los amparos contra la rehabilitación del Barrio de San Miguelito o las obras del parque de Morales. ¿Y quiénes están detrás del telón? Nada más y nada menos que los abogados José Mario y Oswaldo Ríos, quienes como prestidigitadores legales aparecen en cada proceso con un nuevo truco en defensa del patrimonio, de la cultura, de los árboles, de los adoquines, de lo que se necesite para el “no” rotundo. Pero no se equivoquen, aquí el problema no es el litigio, sino la conveniente selección de batallas.
Porque mientras esos proyectos se detienen en tribunales, otras obras se ejecutan en la capital con el sello del alcalde Enrique Galindo —alias el “alcalde viajero”, porque hay que decirlo, ya ha recorrido más ciudades que un vendedor de tiempos compartidos—, y esas sí no tienen ni amparo ni crítica ni siquiera un tuit. ¿Y qué pasa con esas flamantes obras municipales? Pues que muchas ni siquiera contemplan rampas adecuadas para personas con discapacidad. Algunas están mal diseñadas, otras son inservibles y las que funcionan están más escondidas que la decencia en tiempos electorales.
Pero no, ahí ya no hay indignación. Ahí Cata guarda silencio, como si le hubiera dado una discapacidad motriz… del habla. Callada, calladita. Ni una entrevista, ni una nota, ni una crítica. ¿Será que cuando las obras son de los amigos, la lucha social entra en “modo avión”?
Y no vayamos tan lejos, que si de hipocresía hablamos, el gremio constructor se pinta solo. Vaya joyita tenemos con el ingeniero Manuel Castañedo de Alba, ese ejemplo vivo de cómo en San Luis uno puede estar del lado del poder sin importar quién lo ostente. Lo mismo trabaja con uno, que con otro, que con el que sigue. Es como el chile de todos los moles, pero sin sabor. A lo largo de varias administraciones ha ejecutado obra pública en la capital, y, aunque no le pidan rampas funcionales, él de todos modos las pone… mal. Porque hacer las cosas bien no da contratos; lo que da contratos es saber a quién hay que rendirle culto, digo, proyecto.
Y así seguimos, con banquetas imposibles, rampas que parecen trampas, y una ciudad que presume inclusión en discursos de 10 de mayo y 3 de diciembre, pero que en la práctica margina a quienes más deberían tener prioridad. Porque aquí, queridos lectores, la doble moral ya se queda corta. En San Luis hemos perfeccionado la triple: la del discurso bonito, la del silencio estratégico y la de la complicidad con quien reparte los contratos.
Eso sí, cuando toque presumir inclusión en el informe de gobierno, nos llenamos la boca de logros inexistentes, de programas fantasma y de estadísticas alegres. Nadie hablará de que los accesos son un chiste de mal gusto, de que los diseños son de escritorio y de que los supuestos defensores solo defienden cuando les conviene o cuando les asignan qué “lucha” deben encabezar.
San Luis es muchas cosas. Es historia, sí. Es cultura, claro. Pero también es una tragicomedia de simulaciones, donde la causa justa se prostituye por una foto, una palmadita o un contrato. Y la verdadera inclusión… esa sigue esperando una rampa funcional para poder entrar.
¿Ironía? Tal vez. ¿Verdad? Sin duda.
Y si a alguien le molesta, que baje a la calle y trate de cruzar una esquina en silla de ruedas. Ahí hablamos.
