El Heredero
Nada vuelve a un hombre tan estúpido como una vida sin obstáculos. Emil Cioran.
Existe un mal endémico, casi patológico, entre los hombres de negocios cuando les da por jugar a la política, la imperiosa necesidad de recordarle al mundo que ellos “no son políticos”. Creen que al proclamarlo se les otorga automáticamente una especie de indulgencia plena, una aureola de pureza técnica frente a la “fauna vil” que habita el servicio público. Lo que elegantemente omiten en sus discursos es una verdad de a puño, el éxito de sus emporios, sus despachos de consultoría y sus jugosas cuentas corporativas no nació de una epifanía divina en una hoja de Excel, sino de la abyección, la complacencia y la corrupción de esa misma clase política a la que hoy miran con un tufo de superioridad moral. Se benefician del contubernio, firman los contratos al amparo del poder y, años después, se presentan limpios de culpa para redactar la fe de erratas del sistema. Bajo esta premisa de candidísima soberbia irrumpe en el escenario potosino Marcelo de los Santos Anaya. El apellido pesa, el linaje abruma y la tentación de emular al padre resulta irresistible. Sin embargo, lo que pretende ser el épico retorno de la dinastía blanquiazul a la alcaldía capitalina ha comenzado perfilarse, apenas en sus primeros trazos, como un sainete de sobremesa. Un experimento político narrado en tres actos donde la nostalgia, el hedor de la realidad y la ingenuidad partidista chocan de frente contra la selva electoral.
Todo proyecto político que se respete dentro de la aristocracia de la alta sociedad debe nacer, por decreto no escrito, en un restaurante de manteles largos. Tangente fue el recinto elegido. Un espacio donde la perfumería francesa, los sacos cruzados y la alta cocina sirvieron de marco para que Marcelo Jr. anunciara sus aspiraciones ante la vieja guardia del panismo potosino.
Ahí estaban excolaboradores de hace dos décadas, veteranos del sexenio marcelista, figuras que con el paso de los años fueron perdiendo vigencia hasta convertirse en estampitas coleccionables de la transición democrática. Se respiraba ese aroma a las “viejas glorias” de 2000 y 2006, cuando Vicente Fox y Felipe Calderón despachaban en Los Pinos y el PAN gobernaba el estado como un feudo infranqueable. La fotografía del recuerdo reflejaba a un grupo de notables celebrando la idea de que la ciudad puede administrarse como una franquicia patrimonial. El problema es que la política no se deconstruye desde una mesa reservada. Asumir que la capital de San Luis Potosí sigue siendo el bastión conservador de principios de siglo es ignorar dos décadas de mutación demográfica y social. Lanzar una candidatura “de arriba hacia abajo”, rodeado de pensionados de la burocracia blanquiazul y con la bendición del empresariado local, transmite todo menos frescura. Es el intento de revivir un proyecto muerto a fuerza de recuerdos, asumiendo que el electorado de a pie suspira por las fórmulas de gobernanza que se ensayaron cuando el siglo apenas comenzaba.
Conscientes de que la foto en el restaurante no junta votos en las urnas, el equipo de campaña organizó el segundo movimiento: la “vieja confiable”. Había que escenificar el contacto popular, el choque con la masa, la prueba del ácido del candidato “ciudadano”. La comitiva reclutó a un contingente de matracas por encargo para realizar un recorrido de dos cuadras en el tianguis ambulante de los huaracheros, repartiendo volantes de Acción Nacional y globos de colores. El destino final fue el Mercado Tomás Vargas, ese cadáver arquitectónico en el Centro Histórico que jamás funcionó como mercado y que hoy sobrevive como una bodega lúgubre, en estado paupérrimo y a punto del colapso. Una paradoja perfecta, hablar de “recuperar el rumbo” frente a una ruina urbana gestionada y abandonada por las mismas administraciones que hoy se evocan con devoción. Pero la verdadera tragedia fue sensorial. El calor del día evaporaba los efluvios de las alcantarillas saturadas de aguas negras, regalándole a Marcelito de los Santos su primer choque con la infraestructura real del municipio. En las imágenes registradas del evento, el lenguaje corporal del precandidato lo traiciona sin piedad, la tensión en el rostro, la incomodidad evidente, la mirada distante de quien está sufriendo una penitencia no pedida mientras sufre los olores nauseabundos de la zona. A prudente distancia, Jorge Lozano Jr. -hijo de otro ex alcalde panista- vigilaba la logística para que la aristocracia no sufriera daños mayores. El choque fue brutal. Pasar sin amortiguadores del aire acondicionado de “Tangente” al drenaje colapsado del centro histórico expuso la fragilidad del libreto, no se puede fingir empatía popular desde la rigidez de un manual de procedimientos fiscales. El electorado huele la impostura a kilómetros, y nada resulta más caricaturesco que un aspirante deseando que el evento termine para correr a lavarse las manos.
Satisfecho de su caminata entre aguas residuales, el precandidato cerró su semana de debut con una declaración que oscila entre la ingenuidad infantil y el desconocimiento absoluto de la fauna política: exigió “piso parejo” frente a los otros aspirantes de la contienda interna. Marcelo Jr. descubrió, con pasmo de principiante, que enfrente tiene a perfiles que no necesitan contratar porras para hacerse notar. Competir contra el diputado federal David Azuara, el diputado local Rubén Guajardo y la senadora y dirigente estatal Verónica Rodríguez -apuntalada desde la sombra por el alcalde Enrique Galindo- es meterse a un estanque de pirañas vistiendo traje de etiqueta. La respuesta de la nomenclatura no se hizo esperar, tajantes, le recordaron que las reglas están fijadas en la ley y los estatutos. O lo que es lo mismo: “Aprende a jugar en la cancha o no pidas trato VIP solo por el apellido”. Ahí se devela la grieta del discurso del “no-político”. De los Santos Anaya pretende utilizar las siglas del PAN como trampolín para no empezar de cero, pero recurre a la victimización ciudadana en cuanto la burocracia del partido le enseña los colmillos. Reclama equidad a una estructura que no se mueve por nostalgia, sino por pragmatismo y dinero. Si Marcelito tuviera la curiosidad de preguntarle a su padre, Marcelo de los Santos Fraga, cómo se construyen las candidaturas reales, se ahorraría estos ridículos. El exgobernador no superó el trauma del fraude de 1997 en la Huasteca, ni venció al todopoderoso PRI de Juan Ramiro Robledo en el año 2000 repartiendo volantitos de a peso ni quejándose de la falta de equidad. Lo hizo como se ganan las guerras militares y las contiendas políticas de alto nivel, con determinación, operando en el fango y, sobre todo, desenfundando la chequera para asfixiar las dudas de propios y extraños. Con dádivas, con recursos ingentes y con la capacidad de financiar la maquinaria.
Hasta el momento, Marcelo de los Santos Anaya parece un tipo aburrido, cuadrado, respetuoso de la norma -a sus horas- pero con la elocuencia de un instructivo de ejecución fiscal. Tratar de hacer simpático a un perfil acartonado es una tarea titánica para cualquier equipo de comunicación, sobre todo cuando el personaje se empeña en repetir el sonsonete de que él “no es político”, mientras busca desesperadamente el voto público.
Para competir en la contienda que viene, donde enfrente tendrá maquinarias territoriales voraces y perfiles dispuestos a bailar cumbia en las colonias si el libreto se los exige, -como en su momento le tocó aprender a Juan Carlos Valladares- se requiere bastante más que un apellido ilustre y un desayuno con los amigos de papá.
Si el aspirante no está dispuesto a sacar la cartera, romperse el espinazo en la calle y ensuciarse las botas de verdad, los momios no le dan más de tres semanas de vida a esta aventura. El verdadero oficio político no se improvisa con porras alquiladas ni se exige con cartas de reclamo a las dirigencias, se paga, se opera y se conquista. Como bien decía el ilustre redentor de la insatisfacción: los privilegiados no tienen ideas, tienen decorados, llaman pensamiento a la tapicería de su comodidad.
@gandhiatipatro
